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¿Cómo caemos en la trampa de la autoedición encubierta?

Pagar por trabajar… nunca lo haríamos, ¿verdad? Y sin embargo hay muchísimos autores que todos los días ceden los derechos de las obras que tanto les ha costado concebir. ¿Cómo lo logran las empresas de autoedición encubierta?

¿Por qué la gente cae en las trampas de estas empresas?

Esa capacidad de conversión tiene varios ingredientes, sin los cuáles no podría subsistir dichas empresas, alimentando su maquinaria engrasada por incautos, y creciendo en número cada día:

  • Las prisas por publicar: Al autor que comienza la obra le quema en las manos. Tiene tanta prisa que se olvida de registrarla (algunos no lo hacen antes de empezar a mostrarla, lo cuál es un grave error) y más urgencia aún por ser leído y valorado. En esos momentos, su cabeza no piensa en términos de prudencia o repaso de su novela, sino que algo dentro de él le conmina a darla a conocer, mejor ayer que mañana. En realidad, lo que necesita es ser valorado y reconocido, y cuanto antes. La parte racional, la que le aconsejaría pulir bien su creación el tiempo que sea necesario, ha sido acallada por el sistema límbico de su cerebro, el mismo que le urge a recompensarse de manera inmediata cuando pasa por una hamburguesería o detecta el olor a pizza.

La razón y la intuición, dos enemigas irreconciliables de nuestra propia mente, están en lucha perpetua y es muy complicado para nosotros ponerlas de acuerdo. Lo malo es que son justo esas dos jueces, que rigen de manera permanente en nuestras decisiones, el órgano colegiado que va a determinar, según prevalezca una u otra, el camino que recorremos ante cualquier disyuntiva.

La intuición, los impulsos, nos servían en la prehistoria para no detenernos en el vuelo de una mariposa cuando nos acechaba un león; lo malo es que, como en tantas otras cosas, le hemos dejado tanta cancha que, en vez de cogernos un dedo, se coge el brazo entero cada vez que puede. Así, aparece en los momentos y en las decisiones menos oportunas, eclipsando a su compañera, la razón, que permanece más aletargada esperando nuestra llamada para pedirle consejo. Lo que suele ocurrir es que a la intuición le encanta tomar los mandos de la nave en vuelos y trayectorias en la que la razón debería ser la piloto designada: uno de esos momentos es cuando se nos propone la publicación por parte de una empresa que se hace llamar editora, siendo empujados por una intuición equivocada, mientras que la razón, que nos advertiría de lo perjudicial de sus cláusulas y condiciones, así como de lo sospechoso de su comportamiento, queda aletargada e impotente mientras no puede hacer otra cosa que mirar a través del cristal nuestra caída hacía el abismo.

Contemos con esa razón, parémonos a pensar, encendamos las luces largas e intentemos vislumbrar el futuro que nos puede esperar si tomamos esa decisión equivocada.

  • El ansia del reconocimiento: todo escritor lo hace por ser leído, y por una cierta necesidad de reconocimiento por parte de los demás. Hay una cierta vanidad inherente a lo que hacemos, y eso es normal y no pasa nada por confesarlo. Escribimos, en parte, por satisfacción de nuestro ego, y ese ego lo deseamos alimentar viendo nuestro nombre en los escaparates de las librerías. Las empresas de autoedición encubierta juegan con la vanidad de los autores, haciéndoles creer en sus comunicaciones personales que son el nuevo Joyce, Stephen King, Tolstoi, Tolkien… no hace falta alargar la lista, creo que me entendéis. Una vez envuelto en la melosa tela de araña, al escritor, con lágrimas de cocodrilo, se le asegura que, dado lo complicado del mundo editorial, y más en una primera obra, nadie va a apostar por él o ella, así que ellos, que se sacrifican por el arte, se van a arriesgar por su descubrimiento… hasta un punto, por supuesto. Porque oye, siendo el futuro ganador del Premio Nóbel, parecen decirle, bien puede costear la edición a medias. Estando en el Olimpo de los dioses, subidos por su propio ego y por las lisonjas interesadas, a estos autores les cuesta menos abrir la cartera. Es la vieja táctica de la “Bola baja”, tan conocida en psicología y marketing, pero llevada a un campo abonado para que la vanidad bien acariciada resulte muy rentable.
  • Las ganas de verse en una librería: De alguna manera, le ocurre incluso el menos experimentado de los autores, los escritores relacionamos, ya desde nuestro nacimiento, editoriales con librerías. Vemos el hecho de ser publicado por una editorial como la única manera de llegar a los estantes de esos maravillosos lugares. Y es cierto. Las editoriales, o más bien las editoriales con una distribución bien organizada, son, hoy por hoy, la única manera de tener la posibilidad de llegar a una librería. Más aún si hablamos de grandes cadenas como ECI, FNAC, o Casa del Libro. De hecho, las pseudoempresas de autoedición encubierta suelen convencer a sus potenciales incautos de que podrán ver sus obras en los escaparates digitales de estos templos de la venta detallista. Lo que silencian es que, en la actualidad, todas esas plataformas digitales tienen un funcionamiento similar al de Amazon (precisamente para competir con el gigante de Jeff Bezos) por el que cualquiera (incluyendo el propio escritor de manera personal y sin mediación de terceros) puede abrirse una cuenta de vendedor y ver expuestas ahí sus obras, de manera gratuita. Exactamente lo mismo que harán estas no-editoriales a cambio de cobrar un buen pastón.

Pero ¿Tiendas físicas? ¿El ver tu obra en las estanterías de las librerías, esas que puedes tocar y oler, por las que puedes pasear? Salvo rarísimas excepciones, eso no lo logrará un autor que venda su alma a una empresa de autoedición encubierta.

  • Los sesgos cognitivos: son las creencias irracionales, o generalizaciones, reducciones, o falsas premisas que distorsionan nuestro buen juicio, y que estas empresas se preocupan por magnificar: estoy hablando de ideas tipo: “Yo soy escritor, que mi libro lo vendan otros”, (olvidando una máxima que siguen hasta los autores best-seller, y que no es otra que ser conscientes de que el escritor es el primer vendedor de su propia obra) O: “como soy un autor novato las editoriales no van a apostar por mí”, sin recordar que cualquier autor ha tenido una primera obra, que como es evidente ha salido a la luz, normalmente aupada por la conjunción planetaria de la que antes hemos hablado, o por un agente literario con instinto. Lo más complicado son los inicios, como todo en la vida, pero generalizar de esa manera es llegar a una falsa conclusión, que a las editoriales de autoedición encubierta les interesa que se perpetúe.

Los sesgos cognitivos pueden ser muy variados: podemos subestimar nuestras propias capacidades o sobrestimarlas (efecto Dunning-Kruguer), como veíamos antes, al ser víctimas de nuestra ansía de reconocimiento, que estas empresas utilizan en su beneficio; pueden aparentar ser editoriales, utilizando jerga como “nosotros te hacemos llegar al lector”, “buscamos manuscritos”, etc, para que las encuadremos en lo que creemos es una editorial, lo que sería el efecto del encuadre; la falacia del coste marginal, siguiendo en las telarañas de estas empresas incluso cuando nos damos cuenta de su falsa apariencia, porque “ya que hemos empezado…”, o el efecto anclaje, que es similar, cuando atraídos por una primera impresión positiva desechamos la información negativa posterior: por eso estas empresas no revelan al autor la necesidad de su inversión y pago por publicar su obra hasta que ya están bien envueltos en sus hilos.

Conocer estos sesgos es importante como primer paso para descubrir lo que hay detrás del humo y los espejos que nos ofrecen, y poder activar nuestro racionamiento crítico como medio para escapar de estas redes que nos han tendido.

Estas, y habrá más, muchas personales e inherentes a cada uno, son las principales razones por las cuáles un autor o autora, que en su vida diaria y laboral se conducirá con prudencia y exigirá sus legítimos derechos, cuando entra en el Matrix del mundo editorial traga con propuestas inconcebibles, y no le duele abrir su cartera a cambio de lo que cree, en ese momento, es una inversión en algo futuro, en algo que le cambiará la vida. Ese escritor a punto de firmar un contrato que solo tendrá de contrato editorial el nombre en el encabezado piensa, y lo piensa de verdad, que hace una apuesta por su futuro que va a ganar frente al resto del mundo que no cree en él, o que no sabe lo que se pierde al no haberlo descubierto.

Lo malo es que la experiencia al tratar con autores que caen en este engaño me demuestra que no es así, que ya desde la firma del contrato y el proceso de edición del libro se dan cuenta, demasiado tarde, de la trampa en la que han caído. Que, casi sin excepción alguna, una vez soltada la pasta y cedidos los derechos, la empresa de autoedición encubierta los margina y los olvida, ofreciéndoles unos servicios deficientes pagados a precio de oro, y el vacío en forma de nula promoción y distribución.

Ese autor acabará con una edición de su obra por la que, además de pagar lo equivalente a un par de buenas vacaciones de verano, no obtiene satisfacción, aunque sea una estupenda obra, y que observa impotente cómo no puede hacer llegar más allá de su círculo más íntimo de familia y amigos.

Su destino, por desgracia y casi con toda probabilidad, será perder el tiempo, el dinero, y, tan o más importante aún, la ilusión y motivación por la creación literaria. Con su obra atrapada por un contrato abusivo, atrapado en una fiesta sin música y con bebidas aguadas que él ha pagado a precio de Gran Reserva, y sin que ni siquiera halla recibido ni una mísera invitación.

¿Qué es la autoedición encubierta? (Primera parte)

Cuéntame, oh musa, la historia de ese autor primerizo que, recién terminada su obra, tenía gran prisa por mostrarla al mundo y que cantaran entre sus rincones sus alabanzas. Escuchó que, para ello, tenía que contar a los demás a través de sus heraldos Facebook, Twitter e Instagram que algo llamado “Editorial”, caro a los dioses, estaba detrás de los trabajos de llevar su novela a besar la luz del día.
Buscó, henchido de prisa y ávido de inmortalidad, por las vastas regiones de Internet, y en el bosque de puertas halló muchas que se le antojaban cerradas o inexpugnables, justo aquellas cuyos nombres se repetían en los lomos de las hazañas de sus héroes escritores; encontró sin embargo otras que parecían gratas a los autores nóveles: en ellas, parecía, de hecho, que se buscaba al escritor más que al autor, pese a que se denominaban a si mismas editoriales y esto iría contra la naturaleza de aquellas que quisieran tomar tal nombre.

En efecto, para el autor que empieza a recorrer el camino del escritor tras concluir su obra, los cantos de sirena de las empresas de autoedición encubierta son muy tentadores.
¿Qué es una empresa de autoedición encubierta? Es aquella que, normalmente presentándose tras la respetable máscara de una editorial, va a pedirte que, además de realizar un desembolso económico directo o indirecto por la prestación de una serie de servicios de edición como maquetación o corrección, le cedas tus derechos de explotación sobre tu obra de manera que va a tener un control total sobre la misma. En este vídeo os hablo sobre ellas.
Para que mediante varios ejemplos entendamos lo que esto supone, lo que estas empresas proponen es equiparable a que los albañiles encargados de la reforma de un bajo comercial te exigan, además del pago por los servicios de albañilería, pintura, fontanería, etc, el control sobre tu negocio y la mitad de los beneficios que tu local comercial genere gracias a tu esfuerzo.
O lo podríamos comparar con que, en el habitual caso de que lo que pidan no sea un pago directo sino la compra de un mínimo de ejemplares, un concesionario de coches obligara al propio fabricante de automóviles a adquirir las 200 primeras unidades que han salido de la propia factoría.
El auténtico milagro que cada día logran estas empresas que operan al márgen de la legalidad, como luego veremos, es que todos y cada uno de esos días logran que unos cuantos nuevos autores caigan en sus garras; que ese puñado de personas que jamás concebirían realizar tratos en su vida diaria como los que hemos ejemplificado, no duden en hacerlo cuando lo que les ponen por delante es un supuesto contrato de edición.